Escribo estas palabras mientras camino por el bosque junto a mi pueblo Munduruku, haciendo el trabajo que el Estado brasileño se niega a cumplir. En la primera semana de julio, hombres, mujeres y niños hicimos una expedición más para recorrer el Territorio Sawre Ba’pim, nuestra tierra de ocupación tradicional en el medio Tapajós, en Pará, reconocida por la Fundación Nacional de los Pueblos Indígenas (Funai), pero que aún no ha completado su demarcación. Esta vez, encontramos tres puntos de invasión con señales de minería ilegal, actividad respaldada por el crimen organizado.

Registramos imágenes, anotamos coordenadas y enviamos todo al Ministerio Público Federal, Funai y al Instituto Chico Mendes para la Conservación de la Biodiversidad (CMBio). La misión es necesaria para garantizar no solo el futuro de nuestra generación, sino el futuro del clima y de la Amazonía. Pero seamos francos: estamos haciendo el trabajo que debería ser hecho por quienes tienen la obligación de proteger estas tierras.

La verdad es que no es posible que exista una Amazonía intacta cuando el crimen organizado se instala. La minería ilegal no llega sola, trae mercurio que contamina nuestros ríos y destruye los peces que alimentan a nuestros niños, abre espacio para pistoleros, tráfico de armas y drogas, prostitución y violencia. Esta es la dinámica que destruye no solo el suelo del bosque, sino la tranquilidad de quien lo habita.

Nuestro pueblo vive hoy entre dos amenazas. De un lado, están las redes criminales que extraen ilegalmente recursos de nuestras tierras: minería, extracción de madera y pesca, cada vez más organizadas y violentas. Del otro, están las grandes empresas que prometen desarrollo y ordenación territorial, pero también tienen hambre de tierra y recursos. Estas corporaciones se han apropiado de áreas ilegalmente, irrespetan derechos indígenas y expulsan comunidades. Muchas veces, lo que llaman legalidad sirve apenas para camuflar prácticas violentas, como el licenciamiento ambiental hecho a medida para sus propios intereses. Hay indicios de que estas empresas lavan oro y madera de origen criminal, alimentando la misma cadena de destrucción que dicen combatir. Por eso, nuestra lucha es en dos frentes: contra el crimen organizado y contra la falsa promesa corporativa de progreso. Resistimos porque sabemos que ninguno de esos proyectos sirve al bosque, y mucho menos a quien vive en él.

Alessandra Korap Munduruku, ganadora del Premio Ambiental Goldman 2023 para Brasil. Foto: Premio Ambiental Goldman.

Ya enfrentamos gigantes como Anglo American, que desistió de explotar nuestro territorio porque no aceptamos vender nuestras casas. Mi hogar ya fue violentado dos veces, documentos robados, energía cortada sin explicación. Fui perseguida, amenazada en la calle, vigilada. Mi hijo pequeño me abrazó diciendo: «Mamá, no quiero que te maten». Fue cuando, por primera vez, sentí miedo y entendí que la lucha no es solo mía, es de un pueblo entero que resiste porque sabe que, si baja la guardia, el crimen se apodera de todo.

Esta invasión no destruye solo árboles y ríos. Destruye nuestra forma de vivir. El crimen quiere dominar la tierra y silenciar nuestras voces. Para lograrlo atacan a las mujeres. Intentan cooptar a los hombres con sobornos, bebida, promesas de dinero fácil, y cuando no lo logran, amenazan esposas, hijas, madres. Por eso nosotras, las mujeres Munduruku, decidimos que no nos quedaríamos atrás, que siempre estaríamos unidos en esta lucha. No dejamos que los hombres caminen solos en la selva, caminamos junto a ellos, organizamos la vigilancia, demarcamos nuestras propias tierras y mostramos al gobierno cómo se cuida un territorio.

Y no es de ahora que la Amazonía se volvió vitrina para afuera e infierno para adentro. El crimen organizado se mezcló con la minería, el corte ilegal de madera, el tráfico de drogas y el acaparamiento de tierras. Y entonces, la criminalidad selva adentro lava dinero, mueve millones, destruye el bosque y esconde todo bajo la ausencia del Estado y políticos cómplices.

¿Quién queda en el medio de esto? Nosotras, que cuidamos a los niños, a los ancianos y a nuestras tierras. Nosotras, que no queremos medallas ni premios para aparecer en fotos bonitas, sino ver a nuestras hijas jugando libres, como yo misma jugué un día, cuando todo era río limpio, pez vivo y bosque en pie.

Pero la lucha no va a parar. Si depende de nosotras, seguiremos adentrándonos en la selva, haciendo expediciones, fotografiando matrículas de retroexcavadoras, reportándolas ante los organismos públicos, denunciando a quienes lucran destruyendo ríos y bosques. Esta es nuestra forma de decir: no queremos más invasores, no queremos más crimen organizado acechando nuestras casas, no queremos ver a nuestros peces muertos, a nuestras hijas con miedo, a nuestros guerreros amenazados.

Cualquiera que desee ayudar a la Amazonía necesita entender esto: proteger la selva implica demarcar la tierra, expulsar a los invasores, garantizar seguridad para quien la cuida. No existe bosque en pie sin territorio protegido. No existe Amazonía viva sin pueblos amazónicos vivos dentro de ella.

Por eso yo digo: no sirve venir a la COP30 en Belém a hacer discurso de bosque vivo si del otro lado continúan comprando oro sucio, soya de tierra robada, ganado y madera ilegal. Quienes se lucran con esto llevan el crimen a nuestra casa. Y quienes la defendemos de verdad somos nosotras, con el cuerpo, en la selva.

Si el Estado no lo hace, nosotras lo hacemos. Pero nadie debería correr el riesgo de morir para probar que tiene derecho de vivir donde nació. Y mientras haya crimen organizado escondido detrás de la minería, deforestación y quemas, nosotras vamos a continuar caminando en colectivo, porque así nadie silencia nuestra voz.

Alessandra Korap Munduruku es una de las principales lideresas indígenas de Brasil. Reconocida internacionalmente por su lucha contra grandes proyectos de minería, hidroeléctricas e infraestructura en territorios indígenas, recibió el Premio Goldman de Medio Ambiente en 2023, considerado el «Nobel Verde».